Pésame a la Madre de Dios

PÉSAME A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
(Reflexión)

La presente reflexión, quiere ser una invitación para acompañar en esta noche de Viernes Santo, de manera especial a María Santísima en su dolor y en su profunda soledad, y así, poderle dar el pésame de una manera viva y verdadera para unirnos a los dolores de esta bendita Madre.

Hemos acompañado queridos hermanos en este día santísimo desde el corazón y en la fe, y con profundo recogimiento, al dulce Jesús en el recorrido del último trayecto de su camino terrenal, ese camino de la cruz que fue el más doloroso e impío hasta llegar a la cima del Calvario; allí, donde al pie de la cruz, hemos escuchado las burlas de la muchedumbre, la condena y la irreverencia humana de los sumos sacerdotes, las burlas y ultrajes de de los soldados, y el llanto desconsolador de la Virgen María y de las mujeres que estaban cerca de la cruz.

Y ahora, al llegar casi al final de este Viernes Santo, noche silenciosa y misteriosa de la cruz, no sería piadoso de nuestra parte, o más aún, de verdaderos hijos, sin dedicarle todo nuestro pensamiento y nuestro corazón, a aquella criatura, que puso las delicadezas y suavidades propias de una grandísima mujer al pie de la cruz, la Santísima Virgen María.

El camino de la cruz y el calvario de Nuestro Señor Jesucristo, cambió por completo, con la presencia de María Santísima. Es la gracia y santidad de su alma, que hizo sentir su influencia maternal en aquel monte Calvario, y en las dos pequeñas mesetas que están hacia bajo del monte, donde pudo situarse la gente curiosa para contemplar la escena de la crucifixión de nuestro Señor Jesucristo.

Toda aquella dolorosísima pasión de Cristo Jesús, fue sentida profundamente, instante tras instante, en aquel corazón transparente, esclarecido, purísimo, ese corazón de carne, pero de mujer; ese corazón que posee él solo más gracia y santidad que todos los ángeles del cielo juntos.

En el Calvario sólo se veía terror y muerte, crueldad y sangre, mofas, burlas, irreverencias y blasfemias contra el Hijo de Dios, era una zona cruel e impía que ni siquiera la Santísima Virgen María se escapó de las injurias de los enemigos rabiosos de Cristo Jesús; pero, dulcificaba y santificaba todo aquel lugar, la dulcísima inocencia de Cristo y la virginal pureza de María Santisima; todos aquellos dolores, queridos hermanos, dejaron una profunda huella en el alma de esta bendita Madre, hasta el momento en que nuestro Señor Jesucristo expira en una forma trágica, al gritar fuertemente: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46), quedando solamente allí los restos de Cristo, pues, su alma en esos momentos descendía a los infiernos para liberar a los santos del Antiguo Testamento que esperaban su advenimiento para salvarse; y queda sola la Santísima Virgen María en la tierra, sin su Hijo , nada más con su cuerpo mortal.

María sufrió toda la pasión de su Hijo, pero, una vez que muere su Hijo y su alma desciende a los infiernos (cfr. Credo de los Apóstoles), sigue aún sufriendo la Madre, así quiso el cielo, así lo determinó el Padre Celestial, porque todo esto, queridos hermanos, era una expresión de su infinito amor y misericordia para con nosotros pecadores; algo así como cuando sale el sol, se asoma primero la aurora y cuando se mete el sol se va hasta el último el crepúsculo; así, en la historia de la humanidad llega primero la Santísima Virgen María; y cuando Cristo se va, María se queda presente entre nosotros, porque en ella arde la llama de la fe, del amor y de la esperanza en su divino Hijo.

Es por eso, que en esta noche silenciosa y misteriosa de la cruz, contemplamos la profunda soledad de María, pues una vez que llega del sepulcro en el que su Hijo descansa, es aquí donde esta dulcísima Madre vive lo que en espiritualidad los teólogos llaman la “noche del espíritu”, una noche silenciosa y misteriosa que agita el corazón y el alma en toda su plenitud, porque en sus oídos y en su corazón resuena todavía el grito de Jesús: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,46); pero imaginemos amados hermanos en ese momento a María a los pies de la cruz, que con la sencillez de su presencia pareciere decirle: “ No, Hijo mío, el Padre no te ha abandonado, porque yo estoy aquí”; humanamente esto es así, porque cada madre, amados hermanos, es una manifestación y expresión del amor de Dios para con los hijos.

Y es esa soledad dolorosa a la cual estuvo sujeta la Santísima Virgen María, por el recuerdo vivo de la pasión recientísima de su amado Hijo; y es esa soledad y desconsuelo lo que a nosotros nos impulsa a acercarnos a esta afligida Madre y darle el pésame, y decirle desde el corazón: “Me pesa Madre mía, me pesa”; pero un pésame verdadero, un pésame que llegue hasta las raíces de nuestro ser, un pésame que nos conmueva, un pésame Madre mía inspirado por el Espíritu Santo, un pésame verdadero que llegue a las vibras del corazón inmaculado de esta Bendita Madre, que llegue a dulcificar su alma para que María Santísima que nos dio a luz en medio de los dolores de parto en el Calvario al pie de la cruz, sienta el consuelo de todos nosotros sus hijos redimidos por la sangre preciosa de su divino Hijo, Ntro. Señor Jesucristo.

Es necesario que el alma cristiana se detenga ante María Santísima, y por una gracia y luz especial del Espíritu Santo y contemplando su dolor, su desolación, su inmensa tristeza, su amargura de mujer, de Madre y contemplando ese dolor, ese sufrimiento en ese rostro bendito, angelical y celestial, en esa alma inmensa y, deteniéndonos ante su presencia, entonces, contemplándola al rostro y buscando su maternal mirada le podamos decir nosotros a Ella: “Me pesa Madre mía, me pesa”. Me pesa todo el dolor de tu Hijo que yo causé y me pesa también todo tu dolor Madre que sigo causando por mis pecados, egoísmos e indiferencias.

Es necesario hermanos este diálogo, este coloquio donde derramemos el corazón y nuestra alma ante la Santísima Virgen María, este diálogo que nos haga fundir nuestra alma con el alma de María, si no, será un pésame a medias, será un pésame de buena voluntad, pero no eficaz, quizá no consolador para Ella y no satisfactorio o salvífico totalmente para nosotros; es por eso que urge la comunión de todas las almas con el alma de esta bendita Madre, y así llegar a una identificación total con nuestra Madre.

Y cómo puede ser esto posible si no lo hace Aquél Señor dador de vida, la Tercera Persona de la Trinidad Santísima quien renueva y transforma el amor en el corazón del hombre y que también mueve al Cuerpo de la Iglesia con su infinito poder; el poder del Espíritu Santo que en estos momentos nos une en nuestras almas, al alma de la Santísima Virgen María para contemplar su dolor de Madre al quedar sola sin su Hijo y, para que también nuestra alma vibre con su alma, y nuestro corazón con su corazón, por el poder del Espíritu Santo que nos une en la santidad de María y sobre todo, en sus sentimientos de dolor que es lo que buscamos en estos momentos. Es esto lo que le pedimos en esta silenciosa y misteriosa noche al Señor, esta gracia que tal vez ni todos la pidamos con la verdadera devoción y urgencia, y que tal vez ni todos la alcancemos, pero, al menos es nuestro intento, para que viéndonos dispuestos el Espíritu Santo se apiade de nosotros y caiga sobre nosotros, especialmente en nuestros corazones un rayito de luz de aquella espada de dolor que traspasó el alma y el corazón purísimo de la Santísima Virgen María.

Hermanos, mientras no haya esta gracia especialísima del Espíritu Santo, todo será de nuestra parte un bendito esfuerzo, una santa intención, pero nada más. Si Dios no bendice este esfuerzo y esta intensión quedaremos en una laudable piedad, si quieren, en una hermosísima y noble piedad de nuestra parte, unido humanamente a todo aquello que podamos nosotros manifestar, por ejemplo llorando si es posible con Ella, abrasándonos a Ella, pero, el sentir un poquito de su dolor, eso sólo es fruto e impulso del Espíritu Santo; de allí que frente al inmenso dolor y soledad de María, la piedad cristiana no se equivocó en aplicar a María aquellas palabras pronunciadas por la Hija de Sión en su desolación: “Oh vosotros, todos los que pasáis por el camino deteneos y ver si hay dolor como mi dolor” (Lm 1, 12), pues, María también de un modo también el cáliz que bebió su Hijo, al padecer junto a Él toda su pasión desde las dimensiones maternales más profundas de su corazón y de su alma, pues, si Ella estuvo al pie de la cruz, quiere decir que en esos esta bendita Madre estaba en Jerusalén y entonces pudo presenciar y escuchar cuando la muchedumbre que el domingo lo aclamaba como el Hijo de David, ahora lo rechazaba y pedían su crucifixión; vio también cuando Pilato lo presentó con las siguientes palabras: “ Ecce homo” (he ahí al hombre) con su cuerpo lacerado, ensangrentado y flagelado por los azotes y coronado de espinas; vio también cuando su cuerpo tembloroso por el agotamiento cargaba sobre sus hombros la pesada cruz, y en lo alto del Calvario escucho los ruidos de los martillazos con los que clavaban las manos y los pies de su amado Hijo, y las burlas y los insultos de todos aquellos soldados que los torturaban. Es por eso, que es una gracia inmerecida que, tal vez ni siquiera debamos pedir un poco de sus dolor, pero como hijos de María tenemos la obligación de buscar en todas las formas posibles el compadecernos de Ella y decirle con todo nuestro corazón: “Me pesa Madre mía, me pesa”, pero, esa gracia inefable, de que nuestro corazón corrompido y nuestra alma desgarrada sienta el mismo dolor de la Santísima Virgen María, eso no nos podemos atrever a pedirlo, si el Señor nos lo quiere conceder a nosotros indignos pecadores para que también se clave en nuestra alma la misma espada de dolor anunciada por Simeón, que se clavó en su alma bendita, en su corazón purísimo y precioso. Pero, para entrar hasta lo más profundo de ese corazón purísimo lleno de amargura y tristeza y así sentir el dolor de esta Mujer, y quedar extasiados de las bellezas y encantos del inmenso dolor del la Madre que ninguna creatura podrá jamás soportar tanta pena, tanta tristeza, y tanta desolación, como sí pudo, aquella alma bendita, gigante, enorme alma, corazón purísimo y profundísimo de esa santísima y dulcísima Mujer, tan suave en su voz, tan suave en sus lágrimas, tan suave en sus quejas, en sus caricias para con su bendito Hijo y todos nosotros sus hijos, de tal manera ahora entendamos y sepamos que esa bendita Señora a nosotros pecadores nos ama tanto como amó a su mismo Hijito en el pesebre de Belén y como lo amó al pie de la cruz, y que al recibirlo en sus brazos una vez descendido de la cruz lo cubrió de besos. Así pues, si esa mujer nos ama tanto como también nos ama su divino Hijo, por ello, es también grandísima la obligación de corresponder a ese amor maternal y entrar en su alma, y sumergirnos en ella y conocer a la Madre y compadecerla y consolarla con toda la intensidad que el Espíritu Santo nos infunda, pues el mismo Espíritu divino le dio a Ella la gracia de amarnos con un amor no menor, con que ha amado y sigue amando a su divino Hijo.

Qué grande regalo, qué expresión tan sublime de Cristo que no sólo nos dio su amor, su vida, sus dolores, su pasión, su muerte y su Resurrección, sino, que nos dio a su dulcísima Madre, en toda su dimensión maternal, al entregárnosla en la persona de San Juan con las siguientes palabras en la cruz: “Mujer, he ahí a tu hijo, Juan, he ahí a tu Madre” (Jn 19, 26-27) y así nosotros amarla para siempre con todas nuestra fuerzas y libertad de todo nuestro ser de verdaderos hijos.

Allí en la cruz creció el alma de María; en la cruz maduró el corazón y el ser de esa bendita Madre con los martillazos, con los azotes, con los insultos y ultrajes y con los gemidos de su Hijo. Maduró esa alma y ese corazón para ser Madre de todos los hombres de todos los tiempos y por tanto, Madre de toda la Iglesia.

Por eso hermanos, demos gracias a Dios por tener la bendición, el privilegio y la delicia de tener la misma Madre que tuvo nuestro Señor Jesucristo, nuestro Hermano.

Dios quiera que su Santo Espíritu nos conceda un verdadero pésame en esta noche a su Santísima Madre, primeramente a través del dolor de nuestros pecados, y poderle decir con un verdadero corazón contrito y limpio a esta Bendita Madre: “Me pesa Madre mía, me pesa…” Que así sea.

Fr. Julio César Negrete Valle O.F.M.
Semana Santa 2014. El Paso, Tx,USA.

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