Una bella historia

SIMÓN DE CIRENE

A fray Jesús Durán, OFM
en su Pascua de Resurrección.

Simón se despertó sobresaltado, con la respiración agitada y el rostro cubierto de sudor, no era la primera vez que esto le pasaba; aunque en las últimas semanas estos sueños se habían vuelto cada vez más frecuentes.

Judit, su esposa, al sentir junto a ella la agitada respiración de su marido, despertó y le preguntó, sin poder disimular su preocupación ¿Es nuevamente ese sueño, verdad?

-Sí, es nuevamente lo mismo… y lo peor de todo es que no logro entender porque tengo este sueño… hasta he llegado a pensar que pudiera ser un mensaje divino… Dijo Simón, todavía con voz agitada.

-Pero ¿Por qué no haz querido contarme ese sueño? Tal vez yo te pudiera ayudar a entenderlo. Dijo Judit, con palabras llenas de un sincero deseo de ayudar a su marido.

Simón no dijo nada, solamente alzó la mirada al cielo como pidiendo ayuda y buscando serenarse, pero la insistencia de su mujer logró vencer su silencio y dijo:

Está bien mujer, está bien; escucha con atención, el sueño es este: Vengo de regreso a casa después de una dura jornada en la labor, al entrar a la ciudad por la calle de los mercaderes oigo y veo a mucha gente que vocifera contra tres hombres que los soldados romanos llevan a crucificar a la colina del Gólgota. Movido por la curiosidad me acerco y veo a un hombre que yace rostro en tierra, vencido por el peso de la cruz. Entonces el jefe de los soldados me mira entre la gente, se dirige hacia mí, me jala del brazo y me obliga cargar la cruz de aquel condenado a muerte. De mala gana me inclino para levantar la cruz, con trabajo la pongo sobre mis hombros y comienzo a caminar con ella, mientras aquel hombre jadea haciendo un gran esfuerzo por levantarse. Oigo tras de mí su respiración fatigosa, aunque no lo escucho quejarse por el dolor. Un poco después ya es él quien va delante de mí y yo lo sigo. Puedo ver entonces todo su cuerpo ensangrentado, sus pies descalzos, su túnica rasgada por los latigazos que ha recibido…

Pero Simón, esto que me cuentas no es un sueño, es lo que te pasó de verdad la víspera de la pascua hace unos meses, interrumpió Judit.

Cierto, mujer, pero hay algo más… que no entiendo: ¿Por qué cada vez que sueño esto, aunque ya ha pasado algún tiempo, las señales que el peso y los filos de la cruz me dejaron ese día en mi hombro vuelven a aparecer?… mira.

Judit se levantó, encendió la lámpara que servía para alumbrar aquella pobre habitación, se acercó nuevamente a su marido, le tocó el hombro, sintió algo húmedo y al ver con cuidado, bajo aquella débil luz, vio que efectivamente, en el hombro de su marido había algo como una herida en la carne viva y de allí manaba un hilillo de sangre fresca.

Con un burdo paño húmedo Judit limpió el hombro de su marido, al tiempo que éste continuaba diciendo:

-El sueño había sido siempre el mismo, pero hoy, en mi sueño, al tratar de levantar la cruz, ésta era mucho más pesada que otras veces, apenas la pude cargar, di unos cuantos pasos… las rodillas se me doblaron… caí… y la pesada cruz cayó sobre mí; aquella cruz pesaba tanto que me aplastaba y no me dejaba ni respirar. Entonces alguien se acercó y me la quitó de encima, no pude ver quien era, solamente logré ver sus pies descalzos, estaban heridos, como si hubieran sido atravesados por un enorme clavo, pero…
Simón guardó silencio.

-¿Pero qué? Preguntó impaciente Judit su esposa.

-Pero en las heridas de los pies de aquel hombre no había sangre… de sus heridas parecía brotar una luz brillantísima… por lo poco que pude ver, su túnica antes hecha jirones y ensangrentada, ahora brillaba con una blancura resplandeciente. Fue entonces cuando desperté.

Los dos guardaron silencio y así permanecieron por un buen rato, hasta que Simón dijo:
-Bueno, mujer, todavía faltan unas horas para que amanezca, hay que descansar. Ya mañana Dios dirá.
Judit apagó la lámpara, se cubrieron con las mantas y trataron de dormir, aunque ninguno de ellos pudo hacerlo en seguida. Algo había en aquel sueño que les cambiaría la vida para siempre.

Algunos días después, Simón fue a la ciudad para hacer algunas compras, y mientras regateaba el precio del trigo que necesitaba para sembrar su campo, escuchó los gritos de un grupo de hombres que a empujones levaban a un joven hasta las afueras de la ciudad para lapidarlo por impío y blasfemo.

Una mujer bastante robusta, que llevaba a su pequeño hijo de la mano, presurosa pasó junto a Simón. Éste escuchó que la mujer, con voz entrecortada por la agitación, apenas pudo gritar:
-¡Por Dios Santo, van a apedrear a Esteban, el hijo de Sara! ¡Lo van a apedrear hasta matarlo!

Un sacerdote ya anciano, que bajaba después de cumplir su oficio en el Templo y que en una mano llevaba un largo bastón y en la otra una piedra de buen tamaño; trataba de seguir a la gente, que furiosa vociferaba maldiciendo al joven. Pero al escuchar las palabras de la mujer, se detuvo un momento y dijo en voz alta para que todos lo escucharan:

-Lo tiene bien merecido, es reo de muerte, la Ley de Moisés ordena matar a pedradas a los blasfemos y éste ha blasfemado contra Moisés y contra el Templo. Además nos quiere culpar de haber dado muerte a un tal Jesús de Nazaret, que murió crucificado la víspera de la pascua, y que él y otros afirman que resucitó de entre los muertos la mañana del primer día de la semana; pero ese tal Jesús era aún más blasfemo, pues siendo un simple hombre dijo ser el Hijo de Dios.

Después de esto, el anciano sacerdote apresuró el paso cuanto pudo, para dar alcance al gentío vociferante, por nada del mundo se quería perder la oportunidad de apedrear al joven impío. Era un deber religioso, así lo mandaba la Ley.

Por un momento Simón quedó en silencio, estaba confundido; aquel joven iba a morir por creer en el mensaje que el profeta de Galilea había anunciado. Esteban creía que realmente Jesús era el Hijo del Dios de los Patriarcas y los Profetas… ¡El Hijo del Dios en cuyo nombre injustamente lo iban a matar!… Lo creía tan firmemente que iba a morir por ser fiel a esa verdad.

Aquel hombre, de quien Esteban afirmaba era el Hijo de Dios, era el mismo a quien él había ayudado -aunque obligado por lo soldados- a llevar la cruz hasta el Gólgota, la mañana del viernes anterior a la Pascua.

La voz de Neftalí, el vendedor de trigo, hizo que Simón dejara sus reflexiones para una mejor ocasión. El comerciante le dijo:
-Bueno, Simón, no perdamos el tiempo, este es el precio del trigo, lo llevas o lo dejas.

Simón no contestó, pero con el puño cerrado dio un fuerte golpe sobre la rústica mesa que servía de mostrador, luego con paso firme y presuroso salió del lugar y comenzó a seguir el gentío que parecía ser cada vez mayor y que haría justicia en nombre de Dios, apedreando al joven Esteban.

Simón supo entonces que aquel misterioso sueño que tanto lo inquietaba tenía sentido: El hombre a quien ayudó a cargar la cruz era Jesús de Nazaret, pero eso lo supo desde el primer momento, de eso no había duda. Pero el hombre que le quitó a él, Simón de Cirene, la pesada cruz que no lo dejaba ni respirar, el hombre al que solamente pudo verle los pies descalzos, heridos pero sin sangrar, el hombre de cuyos pies atravesados manaba una radiante luz, no podía ser otro sino el mismo Jesús, el Cristo Resucitado.

Unos minutos después, ya fuera de la ciudad y junto a las murallas de la misma, Simón fue testigo de cómo aquel joven era lapidado por una turba enardecida, celosa del cumplimiento escrupuloso de la Ley, tanto así que para no contaminarse, por la cercanía de tan gran pecador, algunos habían dejado sus mantos y otras ropas a cierta distancia, a los pies de un joven fariseo llamado Saulo, bien conocido por ser el alumno más aventajado del Rabí Gamaliel.

Dada la cantidad de gente enardecida, Simón no pudo acercarse mucho, además no tenía intención de hacerlo, él no iba a participar en la lapidación de Esteban. Se detuvo a una distancia prudente y desde allí, a pesar de los gritos de aquella turba, alcanzó a oír claramente cómo, con el último aliento de la vida que le arrancaban, el joven ajusticiado dijo con fuerte voz y levantando los ojos al cielo: ¡Padre… Padre…no les tomes en cuenta este pecado!

Simón recordó entonces las palabras del Galileo poco antes de morir en el Gólgota: “¡Padre… Padre… perdónalos… porque no saben lo que hacen!” En un breve instante Simón revivió toda la terrible escena del Calvario la tarde aquella en vísperas de la Pascua.

Un momento después, sin ningún remordimiento, sino más bien, con la satisfacción de haber cumplido la Ley Divina, se fueron retirando uno a uno los ejecutores de la misma. Simón siguió allí, estaba como aturdido por lo que había visto y sólo escuchó que el joven Saulo, al pasar frente a él, decía al grupo de ancianos y fariseos que habían encabezada tan terrible ejecución:
-¡Ya podemos estar tranquilos! Se ha hecho justicia en nombre del Dios de nuestros padres.

Alejandro y Rufo, hijos de Simón de Cirene, varones justos y llenos del Espíritu Santo, prominentes cristianos en la comunidad de Jerusalén, contaron esta historia a la Asamblea reunida el primer día de la semana, para celebrar la Pascua del Señor y conmemorar el glorioso martirio de sus padres Simón y Judit, quienes juntamente con un grupo de valerosos cristianos, con su sangre, habían regado los campos donde la semilla del Evangelio había sido sembrada y daba ya abundantes frutos.

P. Fr. Jorge Frausto Rodríguez, OFM.
El Paso. Cuaresma 2012.

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