Una historia que no puedes dejar de leer

LA VERÓNICA

Sexta Estación:
La Verónica, enjuga el rostro de Jesús:
-Alabado sea mi Dios por toda la eternidad.

La ciudad de David se preparaba para la celebración de la pascua, por lo mismo, aquel día era grande el bullicio en la Calle de los Mercaderes, pues como siempre sucede, algunos hacían compras de última hora. Sin embargo, aunque el ajetreo parecía ser lo habitual de cada viernes en víspera de la pascua, ese año, en realidad, todo era diferente.

Martha de Betania llegó corriendo, con la respiración agitada, a casa de María Susana y con voz entrecortada por la agitación de la carrera, le dijo:
-¡Susana!… ¡Susana!… ¡Están sucediendo cosas terribles!…

María Susana, sobresaltada por lo que escuchaba, pero intentando poner calma, respondió:
-¡Por favor, Martha! ¡Serénate, cálmate! Y dime qué cosas terribles están ocurriendo.

Todavía con la voz agitada y sintiendo el acelerado latir del corazón que parecía se le quería salir por la boca, Martha de Betania, dijo:
-Ayer por la noche tomaron preso al Maestro… lo sé muy bien porque tengo algunos amigos entre los sirvientes de la casa de Pilato y me dijeron que éste, presionado y amenazado por los jefes del pueblo y los ancianos, ha condenado a muerte a Jesús… Me dijeron que ayer por la noche se reunió el Sanedrín y hoy por la mañana le pidieron a Pilato que lo condenara a muerte, y así lo hizo; aunque claramente dijo que no encontraba en él culpa alguna. Me dijeron que dentro de un momento lo llevarán cargando la cruz hacia el Calvario donde lo crucificarán…

María Susana, al igual que todos los amigos de Jesús, sabía que los enemigos del Maestro habían tomado ya muchas veces la decisión de matarlo, aquello era más que un secreto a voces, pero a pesar de esto, lo que Martha le acababa de decir, la dejó sin aliento, y sólo dijo:
-¡Sabía que esto iba a suceder! Pero no creí que fuera tan pronto y menos en vísperas de la pascua.

Aún estaba hablando, cuando un desafinado clarín y el sordo sonar de un tambor destemplado que anunciaba el paso de los soldados romanos llevando a los condenados a muerte hacía el Calvario, hizo estremecer a las dos piadosas mujeres.

Por un instante se miraron a los ojos y sin mucho pensarlo, presurosas se dirigieron a las calles por donde habitualmente pasaban los desdichados condenados a muerte. A lo lejos vieron a los soldados y oyeron el intimidante golpeteo de las herraduras de las patas de los caballos sobre el disparejo empedrado de las calles. En medio de aquel tumulto, las dos piadosas mujeres distinguieron claramente la inconfundible figura del Maestro, vestido con su túnica blanca. Llevaba sobre sus hombros una pesada cruz y junto con él iban otros dos hombres, estos sí, verdaderos ladrones y criminales, también condenados a muerte.

Alguna gente curiosa salía a la calle a ver lo que pasaba, muchos se compadecían de aquellos tres desdichados llevados a morir en el Calvario; pero tampoco faltaron quienes permanecieran indiferentes ante el dolor de aquellos hombres y dijeran, como justificando la crueldad con la que eran maltratados:
¡Seguramente son criminales! Dijo un anciano extremadamente flaco, calvo y de larga barba a su amigo que pareció no hacerle el menor caso.

¡Algo malo hicieron! Dijo entrometiéndose en la plática de aquellos amigos, un hombre al parecer fuereño, que pasaba por allí.
¡Si mal andaban, mal acaban! Dijo también una mujer que creía tener autoridad para juzgar a los demás y por eso agregó: ¡Merecen que los maten!

La soldadesca avanzaba y pronto tuvo que abrirse paso a la fuerza entre la gente que abarrotaba la Calle de los Mercaderes. Martha y María Susana subieron las gradas de la escalinata frente al portón de la casa de Caifás, el sumo sacerdote, para protegerse de los empellones de la gente que, en desorden se apartaba para dar paso a los soldados que custodiaban a aquellos tres desdichados que eran llevados al Calvario.

Una mujer, que llevaba de la mano a su hijo, un pequeño no mayor de seis años; en medio de aquel gentío, se dio cuenta que uno de aquellos hombres condenados a muerte era Jesús y grito:
-¡Es Jesús de Nazaret!

Otra más, que llevaba un cántaro al hombro dijo:
-¡Es el Maestro!

Una tercera mujer ya de edad avanzada, agudizando su cansada vista pudo reconocer a Jesús y también gritó:
-¡Es el Profeta de Galilea!

El niño que acompañaba a la primera mujer, se soltó de la mano de su madre y corrió valientemente para encararse con los soldados y les dijo a voz en grito:
-¡El Maestro Jesús es mi amigo!
-¡El me curó porque yo no podía caminar!
-¡Es un hombre bueno!
-¡Sólo nos ha hecho el bien, jamás ha causado mal a nadie!
-¿Por qué lo quieren matar?

Uno de los soldados, sin hacer el menor caso a las palabras del niño, levantó su pesado escudo y con violencia se abrió camino dejando tirado a aquel pequeño en medio del gentío; pero éste seguía gritando aún más fuerte a pesar del dolor por el golpe recibido:
-¡Ningún mal ha hecho!
-¡Por qué lo quieren matar?

Justo frente a las gradas de la casa de Caifás, donde Martha y María Susana se habían detenido, el Profeta de Nazaret cayó vencido por el tremendo peso de la cruz. Inmediatamente un par de latigazos cayeron sobre sus benditas espaldas. El Maestro intentó levantarse, pero sus menguadas fuerzas se lo impidieron.

María Susana, al ver al maestro tirado por tierra, aunque con gran dificultad, se abrió paso hasta quedar frente Jesús. Pudo entonces ver aquel bendito rostro cubierto de sangre y salivazos, con la nariz al parecer rota; estaba irreconocible, completamente desfigurado. De la preciosa túnica blanca no quedaban sino jirones.

Otro par de latigazos cayeron sobre las espaldas de Jesús, pero este no reaccionó en absoluto.
Entonces el jefe de los soldados grito:
-¡Déjenlo, no lo golpeen más!
¡Tiene que llegar vivo hasta el Calvario!

Y mirando entre la gente dijo, dirigiéndose a un tal Simón de Cirene que al parecer regresaba de sus labores del campo y que casualmente pasaba por allí y se había detenido un momento a contemplar aquella terrible escena:
-¡A ver tú, ayuda a éste a cargar la cruz!
-¡No queremos que se muera en el camino!
-¡Tiene que morir crucificado en el Calvario!

Aquel hombre, de mala gana tomó la cruz de Jesús, la levantó y la cargó sobre sus hombros, al tiempo que el Maestro volvía a respirar profunda y dolorosamente y con increíble fortaleza lograba ponerse de pie. Fue entonces cuando María Susana trató de acercarse a él y tocar aunque fuera solamente su desgarrada y ensangrentada túnica, pero uno de los soldados furioso le gritó:
¡No te acerques! ¡No lo toques!

Iba ya a descargar sobre ella un latigazo, pero se detuvo al reconocer que aquella joven mujer, era una de las que frecuentaban la casa de Pilato, por ser amiga de Claudia, la esposa de éste.

Aprovechando el momentáneo desconcierto del soldado, María Susana, sacando un burdo lienzo de la alforja que traía al hombro, limpio el rostro del Maestro y luego le ofreció un poco de agua, que Jesús bebió con verdadera desesperación.

-¡Abran paso! ¡Apártense!
-¡Y tú, camina! -dijo el jefe de los soldados dirigiéndose a Simón de Cirene, que ahora cargaba la cruz-.
-¡Aprisa, no tenemos todo el día para llegar al Calvario! -Agregó, gritando con enfado-.

Entre gritos y empellones los soldados continuaron su camino llevando aquellos tres desdichados condenados a muerte.

Años después, María Susana recordaría aquella mañana de viernes en que todas estas cosas sucedieron; porque sólo después de algunos años se atrevió a contar que en aquella ocasión, cuando limpio el maltrecho rostro del Maestro, la imagen de aquel rostro divino quedó dibujada en el lienzo que ella celosamente guardaba desde entonces y que solamente unos cuantos habían podido ver.

La ocasión de presentó cuando María Susana ya vivía en la capital del imperio romano y un grupo de cristianos; entre ellos algunos de sus parientes y amigos, fueron condenado a morir en el circo a causa de su fe en Jesucristo. Aunque ciertamente la fe de aquellos cristianos era verdaderamente grande, algunos tenían miedo de no soportar los tormento a que serían sometidos y renegar de su fe en el último momento, por lo que pidieron a María Susana que los visitara en la cárcel, les mostrara el lienzo milagroso y les contara la historia del mismo.

Así lo hizo y aquellos heroicos cristianos, después de ver aquel bendito lienzo y escuchar la historia del mismo de labios de María Susana, besaron la venerable imagen del verdadero rostro de Jesús y uno de ellos, un anciano, al parecer de origen griego y jefe de la comunidad, le dijo a María Susana:
-Desde hoy ya no te llamarás María Susana, tu nombre será Verónica, porque nos haz mostrado el Vero Icono del rostro del Señor Jesucristo.

Pocos días después, aquel grupo de cristianos, en medio del terrible rugir de una muchedumbre enloquecida por la sangre de los hombres y las fieras en el circo romano, darían la máxima prueba de fidelidad glorificando a Dios con su martirio.

P. Fr. Jorge Frausto Rodríguez, OFM.
Cd. Juárez, viernes santo del 2011.

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