Una mirada a Santa María de Guadalupe

LA CORONACIÓN PONTIFICIA DE
SANTA MARÍA DE GUADALUPE EN 1985

Introducción

La veneración y culto a la imagen de la Virgen de Guadalupe, en México, ha sido objeto de una manifestación de fe muy grande y actualmente tiene resonancia en todo el mundo por la cantidad de personas que conocen el acontecimiento guadalupano. Sin embargo, hay un hecho histórico poco conocido en esta manifestación de fe, el cual se dio en el S. XIX y que en la memoria de los mexicanos se ha ido olvidando; el acontecimiento al que se hace referencia es, sin lugar a dudas, la Coronación Pontificia de la imagen original de la Virgen de Guadalupe venerada en el Tepeyac.

Por este motivo, en el presente trabajo se tratará de dar una presentación sintética de cómo se llegó a la coronación de la sagrada imagen de la Virgen María, en la advocación de Guadalupe. Hay que recordar que la historia de la Virgen de Guadalupe está íntimamente ligada a la Historia de México. En sus grandes tragedias y triunfos, ella ha estado presente.

Abundantes e interesantes son los datos que giran en torno a la Coronación Pontificia de la Virgen Morena del Tepeyac, no obstante, en el siguiente texto se presentarán de manera general, primeramente, los antecedentes de la Coronación Pontificia; los datos generales de la Coronación; y la polémica que causó dicho acontecimiento a finales del S. XIX, por la corona de oro pintada en la imagen.

Es necesario traer a nuestra mente que el reconocimiento hacia María como Reina, Señora, Emperatriz o Soberana, nace a partir del hecho de que Ella es Madre de Dios y se reconoce en Ella su posición e intervención en el Reino de Cristo.

Antecedentes de la Coronación Pontificia

Al hablar de los antecedentes de la Coronación Pontificia de la Virgen de Guadalupe es necesario tomar en cuenta que el inicio de esta costumbre, de coronar imágenes marianas, tiene su comienzo en el S. XVI por el P. Jeronimo Paulucci, fraile capuchino llamado “apóstol de la Madonna”, quien en el transcurso de su vida se dedicó a realizar notables predicaciones, dando término con la imposición de una corona a las sagradas imágenes de la Virgen más veneradas en el lugar donde realizaba su labor pastoral.

Durante el S. XVII esta práctica tuvo aprobación pontificia, originando así a una sana euforia festiva entorno a las celebraciones de coronación de imágenes. Las primeras imágenes coronadas en el mundo fueron: Nuestra Señora de Oropa: “Santa María della Febre”, venerada en una de las sacristías de San Pedro en Roma; siguiendo la imagen de nuestra Señora de las Nieves: “Salus Populi Roamani” de la Basílica de Santa María la Mayor, también en Roma.

En México también llegó esa fiebre de amor a María con estos actos. Como testimonio tenemos la llegada de Lorenzo Boturini, cronista de Indias, quien vino a México en 1736 a recabar información sobre la Virgen del Tepeyac. Boturini solicitó el 18 de julio de 1738 la anuencia de la Sede Apostólica para coronar solemnemente a la Virgen del Tepeyac, el permiso llegó dos años después, dando así licencia de coronar a la imagen, de una manera extraordinaria. Sin embargo, esta distinción fue ferozmente condenada por el Virrey masón Pedro de Cebrián y Agustín, Conde de Fuenclara.

Las razones que ponía el Virrey Cebrián para no coronar la imagen de Guadalupe fueron absurdas, el diplomático nombrado por Felipe V argumentó, que no existía solicitud del Arzobispo de México, por entonces Juan Antonio Vizarrón y Enguiarreta, ni de la ciudad de México para comprobar “la antigüedad de la imagen, frecuencia del pueblo y muchedumbre de milagros”, como establecían las normas.

La Santa Sede pidió al Arzobispo que se subsanaran esas faltas y lo delegó para proceder a la coronación. Boturini inicio una colecta entre dignatarios eclesiásticos y particulares. Esto irritó al Conde de Fuenclara, ya que a él no se le solicitó la aprobación para dicha colecta, en su calidad de representante del soberano español; por tal motivo, el acto de coronación se prohibió, Boturini fue encarcelado y los fondos de la colecta fueron decomisados. Boturini salió de la Nueva España en 1744 y no regresó a México, a pesar de que fue rehabilitado y se le otorgó el permiso para hacerlo. El tema de la coronación de Santa María de Guadalupe quedó en suspenso por 150 años.

Datos generales de la Coronación de Santa María de Guadalupe

Después del fallido intento de coronación de Santa María de Guadalupe durante la primera parte del S. XVIII, el 24 de septiembre de 1886, los Arzobispos de México, Don Pelagio Antonio Labastida y Dávalos; de Guadalajara Don Pedro Loza y de Michoacán Don José Igancio Árciga, representantes de las tres provincias eclesiásticas de México, solicitaron al Papa León XIII su beneplácito para la Coronación de la Virgen Morena del Tepeyac.

El 8 de Febrero del año siguiente se obtuvo la autorización en breve de León XIII, quien vio con buenos ojos los deseos de reafirmar y consumar la coronación de la imagen morena.

Logrado el permiso, los arzobispos redactaron una carta pastoral conjunta en marzo de 1887, en la cual dejaron claros los objetivos de dicho acontecimiento. Querían confirmar los lazos de la Iglesia Mexicana con el Romano Pontífice y sus políticas sociales, al tiempo de reafirmar la acción de la Iglesia en México.

La fecha de coronación fue señalada para el 31 de diciembre de 1887, pero el Arzobispo de México consideró conveniente posponerla. El motivo por el que se pospuso la ceremonia de Coronación, fue a raíz de la polémica que ocasionó la publicación de un breve texto escrito por Joaquín García Icazbalceta, hecho a petición de Don Pelagio Antonio Labastida y Dávalos, en el cual hacía notar la ausencia de documentación probatoria de los orígenes del milagro en el año de 1531. El documento no impugnaba el milagro y el autor no negaba su fe guadalupana, pero sí reavivó viejas polémicas entre quienes defendían las apariciones y quienes no que, por prudencia, instaron a la Santa Sede a sugerir que se esperaran tiempos mejores para tal coronación. Este hecho dio oportunidad a una mejor preparación para tan festiva celebración.

El 30 de agosto de 1890 se autorizó la coronación de una imagen de la Virgen de Guadalupe en Arsoli, Italia, y el 12 de febrero 1892 se llevó a cabo la coronación de dicha imagen en el pueblito italiano. En 1894, León XIII aprobó el oficio y misa para ser rezados en honor de Nuestra Señora de Guadalupe. Como signo de los tiempos, se remodeló el templo y altar de la colegiata, dirigiendo las obras el P. Antonio Plancarte Labastida, Abad de la colegiata, que también fue ferozmente hostigado por la masonería que lo acusó de malos manejos económicos por la colecta realizada para ese efecto.

Se puede constatar que durante esta época de espera para la Coronación, el culto guadalupano se reavivó a pesar de las incidencias ocasionadas años atrás por la Leyes de Reforma, promulgadas por Juárez y Lerdo de Tejada.

Los actos que enmarcaron la Coronación de la Virgen dieron inicio el 31 mayo de 1895. Desde entonces fue notoria la actividad de los prelados mexicanos en la promoción y organización del suceso. El 22 de septiembre de ese mismo año, el nuevo Arzobispo de México, Don Próspero María Alarcón, publica una carta pastoral en la que la unidad fue la consigna, y unidad fue lo que se obtuvo, además, se hizo una amble invitación a tan solemne acto a todos los creyentes de la nación. Se pedía a fieles y clérigos purificarse sacramentalmente para las celebraciones, guardar prudencia ante los grupos anticatólicos, tener caridad para aquellos que no compartieran la devoción de Guadalupe y, participar en el “Te Deum” a celebrarse el 12 de octubre en la Catedral y demás templos arquidiocesanos, así como en los rosarios que en honor de la Virgen del Tepeyac se rezarían en el mes de octubre.

El día primero de octubre se hizo el traslado de la imagen de la Virgen del Tepeyac desde el templo de las Capuchinas, donde había estado bajo custodia durante las reparaciones de la colegiata, hasta su nuevo sitio en el reconstruido altar del renovado recinto guadalupano. Del 3 al 11 de octubre se celebró el novenario en su honor. Cada día fue encargada la celebración a una o dos diócesis y el sermón a un prelado o capitular de una iglesia, por lo regular, distinta a la anfitriona. En dichas celebraciones, cada diócesis tuvo la oportunidad de ostentar su grado de organización y, hasta cierto punto, poderío, lo que no dejó de mostrar algunos contrastes.

Todas estas manifestaciones de fe fueron muestras temerarias de amor a la Virgen Morena, a pesar de que la autoridad civil no pudo contener ni con multas, que pagaron varios fieles católicos, por adornar sus balcones; ni cuando la peregrinación de Puebla, fue detenida por la policía y el sacerdote que la organizaba encarcelado, con el pretexto de que se violaban las Leyes de Reforma.

Tales contrastes solo hicieron más notoria la demostración de fuerza social de la catolicidad mexicana a finales del S. XIX.

Llegado el 12 de octubre, la Ceremonia de Coronación, de acuerdo al álbum conmemorativo para mencionada ocasión, se desarrolló de la siguiente manera: Después de la Hora Nona, el Arzobispo de México, acompañado de los obispos mexicanos e invitados, recibe de manos del abad de la colegiata, P. Antonio Plancarte, la corona de oro, y se hace una escritura pública del acto. Posteriormente se lee el breve pontificio de S.S. León XIII, “Relato est novis”, por el que se autoriza la Coronación Solemne de la Sagrada Imagen. Acto seguido, se canta la Misa con la nueva redacción.

Concluida la Misa, el Arzobispo de México, Don Próspero María Alarcón, procedió a coronar la Imagen, cantado primeramente el “Regina Coeli” y posteriormente imponiendo la corona a la imagen. Seguidamente se entonó el “Te Deum”. Al terminar la ceremonia los obispos presentes depositaron, a los pies de la imagen coronada, sus mitras y báculos reconociendo que ella es “Reina de las Américas y de la Patria”.

La polémica corona de oro en la imagen de Santa María de Guadalupe

Después de conocer los datos esenciales de cómo fue el proceso y coronación de Santa María de Guadalupe el 12 de octubre de 1895, es necesario preguntarnos si la imagen original ¿tenía pintada una corona de oro?

Este tema ha provocado una controversia muy honda, pues la imagen debió ser retirada para colocarla en su nuevo altar, el primero de octubre del mencionado año; pero los fieles encontraron con sorpresa, cuando fue regresado el ayate, que los prelados y custodios de la imagen se habían permitido borrarle a la Virgen la corona, para que tuviera lugar la coronación programada.

Es seguro que las copias de la Virgen de Guadalupe, después de las apariciones, realzan siempre al ángulo de su cabeza una “corona real” o “corona de oro”. Parece que todos los pintores antes de esta anulación la pintaban como aparecía en el cuadro original.

El primer testimonio escrito sobre esta corona, en la imagen original, es de 1648, en la obra “La historia Guadalupana” del P. Miguel Sánchez. Buturini, el italiano que promovió por primera vez la coronación del ayate del Tepeyac, también da testimonio de ello en 1738 y se encuentra datado en el primer oficio guadalupano concedido a México por la Santa Sede en 1754.

El inconveniente de estos testimonios es que todos son cien años posteriores a la estampación de la imagen de la Virgen de Guadalupe en el ayate, tiempo suficiente para que apareciera un devoto profanador. Tal parece que dichos testimonios ponen de manifiesto los retoques que ha sufrido la imagen a lo largo del tiempo. Sin embargo, de algo se puede estar seguro, la imagen original de la Virgen de Guadalupe tuvo corona real pintada durante varios siglos y removida con ocasión de su coronación pontificia.

Conclusión

La coronación de la Virgen de Guadalupe ha sido uno de los actos importantes para la historia de la Iglesia en México en el ocaso del S. XIX. Se puede decir que con este acto, se estrecharon los lazos entre la Santa Sede y la Iglesia Mexicana, pues las décadas anteriores fueron tiempos difíciles por las diversas circunstancias políticas que fueron generándose desde la consumación de la Independencia de México.

También podemos decir que tres aspectos importantes emergieron a raíz de la Coronación Pontifica de la Virgen de Guadalupe: en primer lugar se confirmó la historicidad de las apariciones con la autoridad de la Santa Sede, con lo cual coincidían el Episcopado, el clero y los fieles que el milagro guadalupano es una manifestación de la presencia de Dios en nuestra Nación; en segundo lugar se refuerza la unidad e identidad del pueblo católico mexicano a partir de la figura Santa María de Guadalupe, creando una conciencia de devoción hacia la Madre de Dios, engendrando en el pueblo al mismo Cristo; y finalmente, la coronación fue un acontecimiento que dio difusión al culto guadalupano en todo el mundo, siendo así que posteriormente Santa María de Guadalupe fuera reconocida muchas veces más como soberana de quienes acuden su intercesión y proclamada como “Emperatriz de América” por el papa Pio XII en 1945.

No cabe duda que la corona sobre las sienes de María no es más que un signo de reconocimiento y gratitud a la Madre de Dios por la intercesión ante su Hijo. Ya sea que fuere pintada o colocada sobre el marco de la imagen, la corona que le ofrecen los mexicanos a la Virgen de Guadalupe no es sino figura del esfuerzo que día a día realizan hombre y mujeres por una patria auténtica.

Fr. César A. Escamilla, OFM

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