Vayan a Galilea

¡VAYAN A GALILEA!

Los discípulos de Jesús estaban allí, en aquella sombría habitación, llenos de miedo. Sabían muy bien que en cualquier momento alguien podría llegar, tirar la puerta y llevárselos también a ellos para crucificarlos, igual que al Maestro. Los trágicos acontecimientos de la mañana y la tarde del viernes anterior a la Pascua los tenía aún desconcertados. Para los discípulos y los amigos del Maestro, la noche de aquel viernes fue una noche especialmente larga.

Afuera la luna brillaba bañando con su luz de plata la hermosa ciudad de Jerusalén, la ciudad de David, el rey guerrero victorioso, el rey poeta y cantor. Pero al interior de aquella casa, y sobre todo, en el corazón de los discípulos de Jesús, la oscuridad y las tinieblas lo invadían todo. Era una oscuridad pesada y densa; tan densa que se podría decir que casi se palpaba con las manos, los mismos discípulos tenían miedo de dar algunos pasos por temor a tropezar con ella. Allí, escondidos y llenos de miedo, habían sabido por boca de algunos amigos y de algunas mujeres, los pormenores de la muerte del Maestro.

Ni siquiera la luz del sol del día sábado les pudo traer un poco de esperanza. Fue hasta la mañana del primer día de la semana, cuando las tinieblas de aquella segunda noche de tristeza comenzaban a levantase, para dar lugar a la claridad de un nuevo día, que María la de Magdala y otras mujeres, tomando todas las precauciones, para no ser vistas y no delatar así el escondite de los amigos del Maestro, se dirigieron a aquel lugar y llegando, tímidamente tocó la puerta de la casa.

Los discípulos se sobresaltaron:
-¡Alguien toca la puerta! Dijo Felipe.
-¡Es verdad! Pero no hay que abrir, pueden ser los soldados o los guardias del templo que nos andan buscando. Dijo Santiago.
-¡Esperen un poco!… Los guardias no tocarían así, de ser ellos lo harían con violencia, intentando forzar la puerta. Dijo el otro Santiago, llamado el Menor.
-¡Debe ser uno de los nuestros! Agregó Andrés, el hermano de Simón.

Después de un momento, nuevamente tocaron la puerta y fue entonces cuando Simón Pedro se levantó, y haciendo una señal de guardar silencio, aunque ya nadie hablaba, tomó la espada con la que había cortado la oreja a uno del criado del sacerdote, la noche en que aprendieron al Maestro en el Huerto de los Olivos; la empuño con decisión y dijo: Voy a abrir. ¡Estén todos listos por si es necesario defendernos! Luego, tratando de mostrar una seguridad que estaba lejos de tener, preguntó:
-¿Quién es?

Una tímida voz detrás de la puerta le contestó:
-¡Soy, yo María de Magdala! y otras mujeres que vienen conmigo. Y agregó:
-¡Simón, abre! No tengan miedo, hemos tenido cuidado de que nadie nos siguiera.

Al reconocer la voz de María, Simón Pedro abrió la puerta y aquellas mujeres entraron rápidamente. Apenas entraron, María se descubrió la cabeza quitándose el velo dejando caer libremente su hermosa cabellera que le llegaba más abajo de la cintura. Entonces, llena de emoción, con los brazos abiertos y tratando de verlos a todos, aunque la luz no era aún suficiente, dijo:
-¡Simón, amigos! ¡Hemos visto al Maestro! Lo dijo casi gritando, quería que todos la escucharan, y no solamente los amigos de Jesús que estaban allí reunidos, sino todo Jerusalén y el mundo entero.

Al oír aquellas palabras, todos los discípulos volvieron hacia ella sus miradas, pero sus reacciones fueron de completa incredulidad.

-¡Lo que nos faltaba! Que estas mujeres vinieran a contarnos mentiras. Dijo Andrés.
-¡Cuentos y fantasías de mujeres! Dijo Leví-Mateo.
-Por favor María ¡Váyanse! Ya tenemos suficiente con nuestro dolor y nuestra tristeza! Dijo Natanael.

Pero María de Magdala, con una alegría incontenible, siguió diciendo:
¡Créanme, ha resucitado! ¡Yo lo vi! ¡Está vivo!… Al principio no lo reconocí, pero era él; y me dijo: “Ve a decirle a mis hermanos que vayan a Galilea, allá me verán” ¡Por eso he venido!

Juan, el único del grupo que había sido testigo de la muerte del Señor, dijo entonces con lágrimas en los ojos y con una voz cargada de una infinita tristeza:
-María ¡Convéncete! ¡Los muertos, muertos están! ¡Los muertos no resucitan! Hizo un gran esfuerzo por dominar su emoción, pero no pudo contenerse más y rompió en amargo llanto por el Maestro que tanto lo había amado y ahora estaba muerto; él mismo lo había visto morir en la cruz.

En medio de aquel silencio, el llanto de Juan fue claramente escuchado por todos. Alguien entre el grupo dijo, en voz baja, pero perfectamente audible en aquel pesado y triste silencio:
¡En verdad, cuánto lo amaba!

-¡Dejemos a los muertos descansar en sus sepulturas! Dijo Simón, igualmente triste y decepcionado, pero no lloró, seguramente porque ya no tenía más lágrimas.
-¡El sepulcro está vacío! ¡Yo vi removida la pesada piedra que lo cerraba! ¡El Maestro resucitó de entre los muertos! Insistió María de Magdala.
-¡Los muertos están muertos! ¡Nadie regresa de la muerte! Gritó Felipe, visiblemente enfadado por las necias palabras de María.

Fue por esto que María se encaró con todos y cada uno y con una terrible seguridad en sus palabras, a la vez que marcaba bien cada sílaba de las mismas, y trataba de mirar de frente aquellos rostros que eran la viva imagen de la tristeza y la desilusión, dijo: ¡Nadie regresa de la muerte! Es muy cierto, en esto tienen toda la razón ¡Pero el Maestro sí! ¡Yo lo vi! Es el mismo que todos conocimos, el que hablaba y comía con nosotros… Pero ahora su cuerpo es luminoso… Es el mismo… Pero no es el mismo… Por eso al principio no lo reconocí.

Todos guardaron silencio. Una chispa de esperanza quiso comenzar a brillar en sus destrozados corazones, pero aquello era demasiado bello para ser verdad. Fue entonces que Simón, dejando la espada que aún traía en la mano y acomodándose el manto que le había servido para cubrirse del frío de la madrugada, con voz firme, dijo:
-Voy a la tumba del Maestro. Si las cosas son como María lo dice, algo pasó allí y tengo que saberlo…
-Yo voy contigo, dijo Juan.

¿Y qué van a buscar? Dijo Tomás, que hasta entonces había permanecido callado, y todavía agregó: ¡Esto se acabó! Y más vale salir de aquí, no nos vamos a pasar la vida escondidos. Y diciendo esto, salió de aquella casa con paso decidido, aunque sin saber a dónde ir.

-¡El Maestro está muerto! Dijo Simón el de Caná de Galilea, aquel en cuya fiesta de bodas el Maestro había convertido el agua en vino.

-¡Y los muertos, muertos están! Agregó Judas Tadeo, pariente cercano del Maestro. Y ambos, bajando la cara para que no los vieran llorar, se volvieron a hundir en su tristeza.

Pero esto no lo escucharon Simón y Juan, pues ya habían salido a toda prisa, corriendo hacia el Huerto, al lugar donde se encontraba la tumba de Jesús.

Al principio ambos corrían juntos, pero Juan pronto se adelantó, sin importarle mucho dejar atrás a Simón. En su presurosa carrera, Juan tropezó con una piedra y cayó al suelo, pero sin quejarse siquiera, se levantó; no le importó que la correa de la talonera de su sandalia se hubiera reventado; siguió corriendo hasta llegar a la tumba. Al llegar a ésta, vio todo tal como María la de Magdala se los había dicho. Pero no se atrevió a entrar.

Un momento después, resoplando por el esfuerzo de la carrera, pues no tenía ya el aguante y el vigor del joven Juan, llegó Simón, y sin detenerse, presuroso entró en la tumba. Ya dentro de ella, miró a todos lados, pero no encontró rastro alguno del cuerpo del Maestro. Luego buscó cuidadosamente alguna señal que indicara la posibilidad de que alguien lo hubiera robado, pero todo estaba en orden: El sudario estaba doblado cuidadosamente y el lienzo que había cubierto el rostro del Maestro estaba también allí doblado, en un sitio aparte.

Entonces entró también Juan y revisó todo cuidadosamente, pasó su mirada por cada rincón de la tumba, no encontró señales del cuerpo del Maestro, ni tampoco señal alguna de que éste hubiera sido robado. Lo que sí encontró fue la inquisidora mirada de Simón, que le preguntó:
-Juan ¿Viste lo mismo que yo?
-¡Simón, yo no he visto nada! Contestó Juan.
-¡Precisamente de eso se trata! No vemos nada porque aquí no hay nada que ver. Replicó Simón, y dijo todavía: ¡La tumba esta vacía! Entonces, mirándose fijamente uno al otro, ambos dijeron al unísono: ¡María tenía razón! ¡El Maestro ha resucitado!

Simón y Juan regresaron llenos de alegría para contar a los demás lo que había sucedido en la tumba de Jesús. Al llegar, Simón se sentó y expectantes los discípulos hicieron lo mismo en torno a él, lo escucharon con mucha atención, lo mismo que a Juan; aunque aún no pudieron creer plenamente lo que estos les decían.

Después de oír todo aquello, los discípulos guardaron silencio. Y fue entonces cuando Simón recordó las palabras que María de Magdala les había dicho de parte de Jesús: “Ve a decir a mis hermanos que vayan a Galilea, allá me verán” Lentamente, Simón se levantó y mirando a todos y a cada uno del resto de los Doce, dijo con voz firme y decidida, mientras que una luz de fe y esperanza brillaba en su mirada:
¡Iremos a Galilea! ¡Allá lo veremos!

La noche de aquel primer día de la semana después de la muerte del Señor, Simón reunió a los discípulos y amigos de Jesús; cenaron juntos y durante la cena, Simón tomó el pan, lo partió y se lo dio diciendo las mismas palabras que el Maestro había dicho el jueves anterior durante la última cena que habían tenido con ellos: “Esto es mi Cuerpo, tomen y coman”. Y lo mismo hizo con una copa de vino al final de la cena, diciendo: “Este es el cáliz de mi sangre, que se derrama por ustedes y por muchos, tomen y beban”. Después de esto, Simón dijo, hablando con autoridad a todos los presentes: Recuerden que el Maestro dijo que hiciéramos esto en memoria suya, y dando un profundo respiro agregó, tratando de fortalecer la fe y la esperanza de aquel pequeño grupo de seguidores del Maestro: ¡Mañana, muy temprano, saldremos para Galilea! ¡Allá lo veremos!

Fray Jorge Frausto Rodríguez OFM.
El Paso, Pascua de Resurrección del 2012.

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