A toda prisa


LA HUIDA A EGIPTO

A mi cuñada Angelina,
que goza ya de la presencia de Dios,
y ahora ve y entiende claramente
todo lo que para nosotros todavía es un misterio.

Habían salido a toda prisa, pues en cualquier momento habrían podido llegar los soldados romanos para acabar con la vida de los niños, buscando así dar muerte al Rey de Israel. José, apenas tuvo el tiempo suficiente para aparejar a la Colorina y recoger sus pocas herramientas de carpintería, mientras que María, su esposa, tomaba al Niño y algunas pocas cosas que en ese momento estaban a la mano. Salieron de noche, a escondidas, sin que nadie se diera cuenta.

En medio de aquellas prisas, José recordaba claramente las misteriosas palabras que a media noche le habían advertido del peligro:
-Levántate inmediatamente, toma al niño y a su madre y huye a Egipto, porque Herodes quiere matar al Niño… Quédate allá hasta que yo te lo indique. Pero al mismo tiempo pensaba para sus adentros: Dios mío, Señor de los tiempos y de las horas ¿Por qué si tú lo sabes todo, me avisas siempre a última hora?

Unos momentos después, llegaron los soldados y entrando a las casas de aquellas pobres gentes, sin piedad alguna mataron a todos los niños menores de dos años. Aquella negra noche se tiñó de rojo, el rojo de la sangre de tantos niños inocentes. De nada valieron las súplicas de aquellas madres piadosas, ni la valiente defensa que de sus hijos hicieron los padres de aquellas criaturas; muchos de estos valerosos padres también quedaron allí muertos. Nadie pudo detener a los soldados romanos.

Estaba ya cercana la hora del amanecer, pronto los primeros rayos del sol caerían sobre aquel pueblo envuelto en el llanto y la tristeza. Ya se retiraban los soldados con sus espadas ensangrentadas, satisfechos de haber cumplido las órdenes del cruel rey Herodes, cuando, a la luz de sus antorchas, los soldados vieron una casa muy pobre a la orilla del camino, sin pensarlo mucho, entraron en ella, pero la encontraron ya vacía, aunque con rastros de que alguien vivía allí, alguien que había logrado escapar, alguien que seguramente había sido advertido de la terrible orden de Herodes contra los niños.

El jefe de los soldados, al verse burlado por aquellos desconocidos, furioso, salió de la pobre casa, miró a todos lados y bajo la débil luz de las antorchas, descubrió en la tierra mojada las huellas de unas sandalias y las pisadas de un asno, y dijo entonces más tranquilo a sus soldados:
-Quienes vivían aquí, han logrado escapar… por ahora, pero no llegarán muy lejos. Por las huellas que han dejado, se trata de un hombre, una mujer y seguramente un niño al que buscan salvar de la muerte. Y agregó muy seguro: Montan sobre un asno.

Luego dio la orden:
-¡Desmonten! Descansemos un rato, esperemos que haya suficiente luz para poder seguirles el rastro.

Por su parte, José y María, con el Niño, no podía desperdiciar un solo momento. En su angustiosa huída, varías veces algunos ruidos, seguramente lejanos, en aquella noche oscura, los hicieron creer que se trataba de las voces de los soldados y las pisadas de los caballos, que estaría por darles alcance. José caminaba a grandes zancadas, mientras que la Colorina, con María y el Niño en sus lomos, trotaba lo más aprisa que podía, sin detenerse para nada, y sin lanzar un solo rebuznido que los pudiera delatar, parecía que ni siquiera hacía ruido con sus pisadas.

En verdad, sería muy fácil para los soldados romanos seguir el rastro y dar alcance a aquel joven matrimonio que huía tratando de salvar al Niño de la muerte decretada por Herodes.

Lleno de angustia, José dijo:
-¡María, María! Los soldados ya casi nos han dado alcance, ya se oyen claramente sus voces y el relinchar de sus caballos, tenemos que escondernos.

María contestó:
-¡Es verdad! Puedo oír claramente a los soldados y sus caballos, pero creo que aún nos darán tiempo para cruzar el arroyo y escondernos en alguna cueva.

José respondió:
-Las cuevas están llenas de animales feroces y alimañas ponzoñosas, tendremos que buscar otro lugar.
-¡No José, ya no hay tiempo! Entremos a una cueva, Dios nos ha de librar del peligro de las alimañas. Dijo María.
-¡Tienes razón, María! Dijo José, solamente que para llegar a las cuevas tenemos que cruzar el arroyo, y va bastante crecido.
-No te preocupes, José, el Señor ha de proteger a su Hijo. Dijo María.

José levantó los ojos al cielo y dijo:
-¡Dios de nuestros padres! ¡Date prisa en socorrernos!

Lejos estaban José y María de imaginar lo que estaba por suceder, pues apenas la Colorina, en su apresurado trotar puso una pezuña en el agua del arroyo embravecido, sucedió que las torrenciales aguas se detuvieron, formando algo así como un muro que contenía la impetuosa corriente. Al ver esto, María dijo:
-¡José! ¡Dios nos ha abierto un camino en medio de las aguas caudalosas!

Y José, a su vez, exclamó:
-¡Dios está con nosotros! Ha repetido el milagro del mar rojo, cuando salvó a nuestros padres del poder del faraón de Egipto.

¡Ahora ha salvado a su Hijo, y con él, a nosotros!

La Colorina, trotando, cruzó el cauce del arroyo, como por un camino seco y José detrás de ella. Inmediatamente después de que habían cruzado, el muro de agua que detenía la corriente se derrumbó y las aguas siguieron su alocada carrera serpenteando cuesta abajo.

Al otro lado del arroyo estaba la ladera de la montaña y en ella algunas cuevas que servía de madriguera a los animales salvajes. José quiso entrar en la primera que encontró, pero al hacer el intento, del interior de la misma, se escuchó algo así como el gruñido de algún animal feroz, por lo que a toda prisa, José se alejó a buscar algún otro refugio donde esconderse con su familia. Pronto encontró otra cueva, pero apenas intento poner un pie dentro de ella, una víbora muy venenosa estuvo a punto de morderlo, por lo que también se alejó de allí a toda prisa.

Fue hasta la tercera cueva en la que con toda precaución, alargando su cayado de peregrino, quitó las telarañas que había en la entrada de la misma. Habiendo hecho esto, le dijo a María:
-¡Apresúrate, entra en la cueva, los soldados ya casi nos alcanzan!

Entró María con el niño y José detrás de ella, no sin antes dar a la Colorina una palmada en el anca para que corriera también a esconderse entre los matorrales. Apenas un instantes después, se oyeron los gritos de los soldados que seguramente con gran dificultad habían atravesado ya el torrente. El que sin duda era el jefe, daba órdenes diciendo:
-¡Rápido, dense prisa, revisen cada cueva, tienen que estar escondidos en alguna de ellas! ¡Muévanse, tenemos que encontrarlos! ¡Nadie se burla de los soldados romanos!

En el fondo de aquella cueva José y María seguían escuchando a los soldados que revisaban las cuevas encontrando sólo animales salvajes, alimañas y víboras venenosas. Llenos de temor escucharon cómo los soldados llegaron hasta la entrada de la cueva en que ellos se encontraban. Oyeron claramente al jefe de los soldados ordenar:
-¡Rápido, revisen esta cueva! ¡Muévanse!

Fue en ese momento cuando en el interior de la cueva el Niño comenzó a llorar, María rápidamente lo arrulló para calmar su llanto, con tan buena fortuna que el Niño se calmó inmediatamente, como si comprendiera el peligro en que se encontraban. Pero uno de los soldados había escuchado el llanto del Niño, por lo que le dijo a su compañero:
-¡Allí están, adentro de esta cueva! ¡Oí claramente llorar un niño! Tienen que ser ellos.

Su compañero le replicó:
-Yo no escuché nada, pero vamos a revisar la cueva.

Ambos sacaron sus espadas y avanzaron al interior de la cueva extremadamente profunda, por un estrecho acceso que sólo permitía el paso de una persona a la vez, pero de pronto, el que iba adelante se detuvo y después de un momento dijo muy convencido:
-¡Aquí no están!
-¿Por qué aseguras que no están, si todavía no llegamos hasta el fondo de la cueva? Replicó su compañero.
-Porque la entrada de la cueva está cruzada por telarañas de un lado a otro. A esta cueva no ha entrado nadie, si alguien hubiera entrado las telarañas estaría rotas y como puedes ver, están intactas.

Se quedó un momento en silencio y luego repitió:
-Aquí no hay nadie: ¡Vámonos!
Una vez que estuvieron afuera, dieron la noticia al jefe y éste, gritó enfurecido, dirigiéndose a todos:
– ¡Monten! ¡Muévanse! ¡Vamos a seguirlos, no pueden ir muy lejos! ¡Nadie se burla de los soldados romanos!

Inmediatamente todos montaron sus caballos. Pero un poco más adelante, mientras cabalgaban, aquel soldado que había entrado primero, no lograba aún entender lo que había sucedido unos momentos antes en la estrecha entrada de la cueva. Solamente años después contaría lo que en verdad había sucedido: Él había visto a un hombre, que junto con una mujer bellísima trataban de esconder a un niño en el fondo de la fría y oscura cueva. Claramente vio que al saberse descubiertos, el hombre que parecía ser el padre de la criatura, valientemente empuñó su bastón dispuesto a defender al niño a costa de su propia vida. Había oído a la bellísima mujer invocar a su Dios, diciendo:

-Dios de nuestros padres, protege a tu Hijo:

Pero lo que menos aún podía entender, era la razón por la cual, el rostro de aquél pequeño irradiaba una luz brillantísima que parecía iluminar no sólo la oscuridad de esa cueva, sino las tinieblas del mundo entero. Él no se explicaba por qué razón su compañero y los demás soldados no había podido ver aquella radiante luz. Tampoco se explicaba cómo aquella familia pudo entrar hasta el fondo de la cueva dejando las telarañas intactas; menos aún se podía explicar cómo era que los demás soldados no había visto a la burra, la Colorina, que fielmente aguardaba a sus amos, echada no lejos de la entrada de la cueva. Recordaba muy bien como aquel noble animal pareció clavar en él sus enormes ojos y su mirada agradecida, cuando lo vio salir de la cueva con la espada envainada como evidente señal de no haber sido usada. Un torbellino de pensamientos se agitaban en su mente, pero una profunda paz comenzaba a brillar en su corazón. En esto estaba, cuando le pareció oír la dulce voz de una mujer que le decía:
-Gracias por salvar de la muerte a mi Hijo, porque mi Hijo ha venido a salvarte a ti y a todos los hombres del poder de las tinieblas.

Miró a todos lados, pero aunque ya era plenamente de día, no vio más que a sus compañeros. De pronto se dio cuenta que se iba rezagando del grupo, tanto que sus compañeros le gritaron:
-¡Hey! Marcelo ¿Qué te pasa? ¿Te sientes bien?

-Él contestó enseguida:
-¡Nunca me he sentido mejor! Y clavó las espuelas en los ijares de su brioso caballo, al mismo tiempo que le daba un cuartazo en el anca. El caballo respondió enseguida lanzándose al galope y rebasando al grupo. Sus compañeros lo siguieron, al tiempo que el jefe gritaba:
-¡Vamos! Tenemos que encontrar a ese niño del que dicen es el Rey de Israel, el Hijo del Dios de los judíos.

El buen Marcelo, claramente dijo con unas palabras que más que de los labios, le brotaban del corazón:
-¡Yo ya lo encontré! ¡Yo ya lo encontré! Y mientras sentía el viento frío de aquella mañana calarle hasta los huesos, una gran sonrisa iluminaba su rostro.

Pero nadie pudo ver su sonrisa ni escuchar lo que dijo, pues el ruido de las patas de los caballos al galope ahogaron sus palabras.

Fray Jorge Frausto Rodríguez ofm
El Paso, Tx., diciembre del 2013

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