Nuestro Fundador

NUESTRO FUNDADOR
SAN FRANCISCO DE ASÍS

Sobre su vida:

San Francisco nació en la ciudad de Asís, Italia, en el año 1181. Su familia estaba conformada por su padre Pedro Bernardone, quien se dedicaba al comercio de telas, su madre Pica, mujer de origen noble y dedicada al hogar, y un hermano, Ángel, del que poco sabemos.

La mezcla de riqueza y nobleza que había en la familia de Francisco, le permitió vivir sus primeros años en condiciones de lujo y recibir una formación en costumbres refinadas. Para su preparación académica acudió a la iglesia de san Jorge, donde aprendió a leer y escribir. Los primeros años de su vida los ocupó en actividades propias de los adolescentes y jóvenes de su misma época y condición social, pero también poco a poco fe alimentando el deseo por alcanzar algún título nobiliario que le diera fama y prestigio y viniera a completar el patrimonio familiar que heredaría.

Movido por el deseo de triunfar y alcanzar notoriedad ante la sociedad de su tiempo, Francisco se enroló en dos ocasiones para participar en la guerra. La primera fue en el enfrentamiento del pueblo-burguesía y los nobles de Asís (1199-1200), que derivó en una guerra entre las ciudades de Perusa y de Asís (1202), y en la cual Francisco, además de ser derrotado, fue hecho prisionero y debió permanecer cautivo en la ciudad de Perusa (1202-1203). Las condiciones precarias de la prisión, las enfermedades que le sobrevinieron a causa de la guerra y la fragilidad misma de Francisco, pusieron a prueba sus ideales de fama y de honor; sin embargo, todavía realizó un nuevo intento, enrolándose para marchar a la Pulla (1204-1205), sólo que durante una pernoctación en el valle de Espoleto tuvo una misteriosa visión que si bien externamente puede ser visto como un simple retorno a la ciudad de Asís, interiormente fue ya el inicio del movimiento de su conversión.

Le sobrevino a Francisco una crisis existencial que él asumió viviéndola en momentos prolongados de soledad, de constante oración, de frecuente participación en la Eucaristía y de escucha atenta de la Palabra. Inmerso en este ambiente, Francisco, a la vez que perdía el gusto por los placeres y el poder, fue desarrollando una mayor sensibilidad ante situaciones deshumanas de pobreza y de enfermedad. En estos momentos de búsqueda creyente, Dios, por su gracia, obró un par de eventos en la vida de Francisco que transformaron de modo radical su visión de la vida, y lo impulsaron a enrolarse en un nuevo proyecto de vida y a abrazar un estilo de vida muy diferente. Y no podría ser de otra manera ya que lo acontecido en la vida de Francisco fue un auténtico encuentro con Jesucristo (1205). El primero de ellos fue a través de un leproso que Francisco encontró en su camino y el segundo se realizó mediante un Crucifijo en la Iglesita de san Damián.

A Francisco le causaban mucha repugnancia los leprosos, por lo que siempre los evitaba; sólo que en esta última ocasión, tras haber reaccionado con el rechazo, como lo hacía habitualmente, una fuerza interior lo llevó a recapacitar, desandar el camino e ir al encuentro del leproso, no para socorrerlo con una limosna como hacía ocasionalmente con los pobres, sino para darle un beso al leproso (1205). Como nos narra el mismo Francisco en su Testamento, a partir de ese momento lo que antes le resultaba amargo (los leprosos, pero no sólo eso) se le cambio en dulzura y poco después abandonó su amor por lo mundano y asumiendo como estilo de vida la penitencia, se fue a vivir entre los leprosos.

La búsqueda de lugares solitarios y apartados para orar y reflexionar condujo a Francisco hasta la minúscula y derruida Iglesia de san Damián a las afueras de Asís (1206), en ésta se encontraba, sostenida del techo y colgando por encima del altar, un Cristo de tabla de características muy peculiares, por el que Francisco se sintió interpelado escuchándole decir: “Francisco, ve y repara mi Iglesia, que amenaza ruinas”. Si bien en un inicio Francisco entendió las palabras en sentido literal y se dedicó por un tiempo a la reparación de las iglesias más destruidas, la presencia del Cristo de San Damián lo marcó para siempre, ya que tratándose no de un Cristo muerto y dolido, sino de un Jesús Crucificado y Llagado que ya Resucitado sale del sepulcro, y Triunfante asciende a la Gloria del Padre; desde ahora toda la vida de Francisco quedará impregnada por la contemplación, meditación y realización del misterio pascual, entendido como la unión englobante de la Encarnación y la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. De hecho, ambos misterios se plasmaron en la persona de Francisco, en una vida inundada por la caridad y que fue tomando los cauces del servicio y la minoridad, la humildad y la pobreza, la castidad y la fraternidad.

Habiendo renunciado a la herencia paterna ante el obispo de Asís (1206) y dedicado a la reparación de las Iglesias de San Damián, San Pedro y la Porciúncula, Francisco, que escuchaba atentamente la Palabra de Dios y se mostraba dispuesto a realizarla literalmente, escucha el Evangelio de la misión (Mt 16, 24; 19, 21; Lc 9, 3) y lo asume como proyecto de vida. En este tenor de vida a Francisco se le suman algunos compañeros (1208), como Bernardo, Gil, Felipe, Silvestre y más tarde Clara (1212) lo que, dado la adhesión incondicional de Francisco a la Iglesia y el ambiente socio-religioso en el que proliferaban los grupos heréticos, llevó a Francisco a la ciudad de Roma para solicitar la aprobación del Papa. Francisco obtuvo la aprobación oral del Papa Inocencio III a su forma de vida evangélica (1209), y aunque después hubo otras redacciones de la misma Regla, como la aprobada por el Capítulo de Pentecostés (1221) y la elaborada por Francisco en Fonte Colombo (1223); es, justamente, esta primera aprobación la que es considerada como el inicio del carisma franciscano, de modo que en el año 2009 se cumplieron ya 800 años del don del movimiento franciscano para la Iglesia y el mundo.

A su regreso a Asís, Francisco permaneció en varios lugares: como el valle de Rivo Torto y la Porciúncula, hasta que, dando cabida a su vocación misionera, se embarcó para Siria (1211), sólo que circunstancias adversas a sus intenciones más profundas lo obligaron a regresar a Italia. Posteriormente, viaja a España con la intención de ir a Marruecos (1213-1214), pero una enfermedad le obliga a regresar a la Porciúncula. Como uno de los frutos del primer Capítulo General realizado en la Porciúncula (1217), se inician las misiones transalpinas y ultramarinas, pero Francisco que deseaba ardientemente participar, es retenido por el Cardenal Hugolino en la ciudad de Florencia. Dos años más tarde el Capítulo realizado en Pentecostés envía nuevas expediciones misioneras y es ahora cuando Francisco se trasladó a Damieta (1219), donde es testigo de la derrota de los cristianos y a fines del mismo año es recibido por el sultán de Egipto Melek-el-Kamel.

Un detalle que por su importancia no podemos omitir, fue el deseo de martirio que siempre albergo Francisco en su corazón y que si bien no vio realizado en su persona, si se concretizó en el sacrificio de cinco frailes en Marruecos (16 Enero de 1220); estos mártires son: Berardo, Pedro, Adiuto, Accursio y Ottone.

Haremos referencia al modo como Francisco fue identificándose con los misterios de la salvación y como ciertas actitudes y comportamientos terminaron plasmando su persona misma a imagen del Crucificado.

Una vez comprometido totalmente con su conversión, Francisco contemplaba constantemente el misterio del Hijo de Dios que, por amor, descendió del seno del Padre, nació y vivió en condiciones de pobreza y humildad, se entregó a sí mismo hasta morir en una Cruz, y resucitado intercede por nosotros ante el Padre. Esta contemplación del misterio de la Encarnación lo hacía ver en cada Eucaristía que así como el Hijo de Dios, por obra del Espíritu Santo, se encarnó en el vientre de la Virgen María y nació en Belén, así también desciende desde el seno del Padre al altar en manos del sacerdote para quedarse en las humildes especies del pan y el vino. Pero además, porque vivía embelesado por el amor que condujo al Hijo de Dios a nacer en condiciones de pobreza en el portal de Belén, quiso escenificar en Greccio lo ocurrido en aquella noche de Navidad en Belén (1223).

Embargado en la contemplación del misterio pascual, solía dedicar amplios periodos de tiempo a la oración, en los que le pedía a Nuestro Señor que le concediera la gracia de experimentar los dolores y sufrimientos que Él vivió durante su vida, pasión y muerte en Cruz, junto con el amor que lo llevó a encarnarse y morir por nosotros. Durante su última estancia en el Monte de la Verna (1224), en una de sus acostumbradas cuaresmas de preparación a la fiesta de San Miguel, fue cuando sus súplicas obtuvieron de Dios una respuesta que se imprimió en la persona misma de Francisco con la estigmatización, haciendo de él una imagen viva del Crucificado.

Francisco nos ha dejado por escrito algunas oraciones, inspiradas todas ellas por sus lecturas de la Biblia y su participación en la Liturgia de la Iglesia, pero fue en el momento de mayor fragilidad, cuando las penitencias, las enfermedades y los achaques de los estigmas y de la edad lo habían consumido, que compuso, estando en el convento de san Damián (1225), el Cantico de las Criaturas: una de las mejores formulaciones escritas de la experiencia cristiana de Dios y la expresión más sublime de la espiritualidad franciscana.

Francisco murió el sábado 3 de octubre de 1226 a un costado de la Iglesita de la Porciúncula, y fue sepultado el 4 de octubre en la Iglesia de San Jorge. El 16 de julio de 1228 fue canonizado por el Papa Gregorio IX. En el año 1230 el cuerpo de San Francisco de Asís fue trasladado a la Basílica construida en su honor, donde descansa hasta el día de hoy, flanqueado por los restos de los hermanos Ángel, Maceo, Rufino y León.

P. Fr. Gerardo Francisco Salgado Z., OFM.

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