Origen

Escrito por: Fr. Jaime Yañez, en el 68o. aniversario de su fundación.

Cuando entre los años 1927 y 1935, la señorial mansión del banquero Mr. McNary, rodeada de un jardín a manera de oasis, en lo más alto de una loma desértica, permanencia abandonada, nadie podía imaginar que esa gran residencia, notable no solo en la ciudad de El Paso, sino en todo el Estado de Texas, estaba destinada a ser el regalo de la Providencia divina a los franciscanos de la Provincia de Michoacán, para que allí establecieran su Casa de Estudios Superiores.

Por fin en ese insospechado lugar, como en un asilo seguro y apacible, habrían de tener esos frailes su Coristado o Seminario, que las leyes hostiles a las Órdenes Religiosas no permitían en la Patria mexicana, en que los colegios católicos eran perseguidos violentamente.

Algunos esfuerzos se habían hecho, después de 20 años de carecer del Coristado, por volver a establecerlo en el convento de San Francisco de Querétaro, con los tres jóvenes religiosos salidos del Noviciado, poco antes reanudado en el convento de Coroneo. Importaba mucho llevar a cabo esta obra, porque esa era la manera de asegurar la supervivencia de la benemérita Provincia Franciscana de Michoacán, siempre activa en el apostolado evangelizador.

Pero he aquí que en una noche de agosto de 1934, esos tres Coristas y sus Padres profesores hubieron de escapar huyendo por una puerta, mientras los agentes del Gobierno, llevando policías armados, entraban por otra. Sucedía que el naciente Coristado o Seminario había sido denunciado, y los perseguidores se apresuraban a acabar con él.

Los frailes prófugos fueron a parar esa noche a la casa de una bondadosa dama queretana, Dona Lupe Maciel, donde no solo pernoctaron esa noche, sino que continuaron ahí refugiados. Y cosa de notarse, ahí llevaban vida de comunidad y se daban y recibían clases; pero temiendo con fundados motivos, que este lugar de refugio fuera descubierto por los esbirros, exponiendo a la generosa dama a la confiscación de su espaciosa casa, el P. Provincial de entonces, Fray Gabriel M. Soto, dispuso que el grupo de tres Profesores y tres Coristas se dirigiese a la ciudad de México, y que ocupara la pequeña casa que la Provincia poseía en el suburbio de Chimalistac.

En breve llegaron ahí todos ellos; hacinándose en los estrechos espacios de esa casa, pudieron dejar una estancia para ser Capilla. Mas amontonados estuvieron, cuando algunos meses después salieron del Noviciado otros tres Coristas, que fueron mandados ahí, al igual que dos Hermanos legos, que habían de servir a la Comunidad.

En esa casa de Chimalistac, debido a su estrechez, los mismos lugares servían para dormir de noche, y estudiar y dar clases de día. Además se vivía ahí en la constante zozobra de ser descubiertos por la policía, que podía advertir la existencia de la Comunidad, llevada por la sospecha de estar varios hombres reunidos en esa casa. Era un hecho que en la casa de Chimalistac faltaba un mínimo de comodidad, y no se podía estar tranquilo y seguro.

Esto movió a los dos profesores más jóvenes, recientemente llegados de Europa, P. Raymundo García y P. Alfonso Martinez, a hacer ver al P. Provincial que no se podía continuar ya ahí, urgiéndole a buscar un lugar más tranquilo y seguro, y algo más cómodo, para poder seguir con estudios y clases. Fray Gabriel M. Soto, viendo que tenían razón, se sintió angustiado porque en la Provincia no había ningún convento en que el Coristado pudiera estar libre de las pesquisas del Gobierno, ni podía encontrarse en el País un lugar que pudiera tenerse pos seguro.

Por ello, casi como única solución, el P. Provincial pensó en el extranjero, y precisamente en la región fronteriza de El paso, Texas, en donde algunos años antes, en los años de la persecución religiosa, se había adquirido un terreno, con vistas a construir en él la Casa de Estudios. Este terreno estaba en un paraje llamado Montoya, fuera de la ciudad, pero con fácil acceso a ella y al punto de entrada a México.

Por ese tiempo, 1934, se encontraba en la población de Tularosa, en el Estado de New Mexico, no muy lejana de la ciudad de El Paso, un sacerdote de la Provincia de Michoacán llamado Fray Buenaventura Nava, quien desde los años de la persecución religiosa había salido de México, y seguía ejerciendo su ministerio en la Provincia Franciscana de Santa Bárbara. A él lo comisionó el P. Provincial para que hiciera lo posible por comenzar la construcción del Coristado en el terreno que la Provincia tenía en el lugar llamado Montoya.

El P. Nava, diligente y activo como era, y desde luego obediente, se traslado a El Paso, y haciendo transportar una barraca de madera a Montoya, en ella se metió a vivir pobremente. Era el invierno entre el 1934 y 1935. Estando allí, el P. Nava ordenó a un Arquitecto hacer unos planos para el Convento Seminario, los cuales resultaron realmente ambiciosos. Se proyectaban en ellos al menos 40 celdas para Padres Profesores y Coristas, un gran refectorio, un gran salón de actos, salas para clases, un salón de recreo, una espaciosa capilla y hasta una hospedería. Pero todo quedo en los planos. ¿Cómo iba el P. Nava a llevar a cabo esa construcción si la Provincia no tenía dinero, y el no podía hacerse de él en el país americano?

Fray buenaventura Nava era un hombre práctico, y pensó que dada la penuria en que se estaba, era más factible buscar una casa espaciosa, para que, aunque con limitaciones, ahí pudiera acomodarse el Coristado en forma definitiva. Como lo pensó lo hizo. En el viejo automóvil que había conseguido se puso a recorrer la ciudad de El Paso, y en uno de sus recorridos dio con la mansión que había sido del banquero Mr. James Graham McNary, la cual, además de ser grande y estar muy bien conservada, estaba rodeada de un extenso jardín muy a propósito para la vida conventual. Por fuera había rótulos y banderolas que indicaban que estaba en venta.

Al indagar el Padre su precio y las facilidades que había para pagarla, encontró que estaba extremadamente devaluada. A su dueño, con todo y el extenso terreno, había costado la construcción de esa gran casa $ 250,000.00 Dllrs. Ahora se vendía al precio de $ 26, 000.00 Dllrs. Se había de añadir a esto varios miles de dólares por contribuciones retrasadas, que a las instituciones religiosas no se cobrarían, por estar exentas de impuestos.

El P. Nava se apresuro a comunicarse con el P. Provincial, informándole de la enorme oportunidad que se presentaba. Fray Gabriel M. Soto se entusiasmó con la noticia, esperanzado de que allí pudiera ser establecido al fin el Coristado de la Provincia de Michoacán. Hizo cálculos de los haberes con que podía contarse, pensando que podrían venderse algunas propiedades heredadas a la Provincia, fijarse alguna cuota a los conventos, y hacer algunas colectas especiales en nuestras iglesias. Resultaba corto, pero confiaba en Dios en que pudiera hacerse alguna otra cosa. Lo más pronto que pudo, hizo un viaje a la ciudad de El Paso, a fin de conocer la casa. Era mayo de 1935.

Apenas llego a la ciudad fue a ver la casa. Quedo prendado de ella. Pero antes de tomar la decisión de comprarla hubo de hacer algo estrictamente requerido: pedir al Obispo local, Mons. Anthony Schuler, su autorización para fundar el Seminario en su ciudad.

Para ello se llego a su Excia. Acompañado del P. Albert Brown, franciscano de la Provincia de California, gran amigo del Obispo, y de años atrás muy adicto a la Provincia de Michoacán. Esa amistad no valió para que Mons. Schuler permitiese la fundación en la ciudad. Permitía que se estableciera el Seminario en la región de Montoya, pero no en la ciudad misma. De nada sirvió que el P. Brown, con la confianza que le tenía al Prelado, insistiese cortésmente; el Obispo, por las razones que él tendría, se negaba terminantemente a hacer una concesión. De esta manera, el P. Provincial, algo desilusionado, se regreso a México abandonando la idea de comprar la casa.

Mas entre julio y agosto de ese 1935, se presentaron circunstancias que cambiaron por completo la decisión del Obispo Schuler. Sucedió que por un motivo u otro la Sociedad Masónica interesóse en la casa McNary, llegándose a saber que intentaba adquirirla. Un resultado de ello fue que al haber dos posibles compradores, los masones y los franciscanos, el encargado del Gobierno de negociar ese inmueble, elevo el precio de un tirón de $ 26, 000.00 Dllrs. a $ 36, 000.00, precio que todavía estaba muy por debajo del valor real de la casa, pero que ciertamente se hacía exorbitante a la pobre Provincia Franciscana de Michoacán.

Otro resultado fue que al saberse que los masones habían puesto su mira en la casa McNary, un Abogado de la ciudad, católico integérrimo, Mr. Northcop, se llego al Obispo, de quien era amigo intimo, y le dijo: “Bishop, ¿Ud. Prefiere que los masones establezcan en la casa McNary algunas de sus actividades, a que puedan fundar allí los franciscanos su Seminario?”. Sin pensarlo más el Obispo respondió: “Que funden allí los franciscanos”. Era claro que al Obispo le movía el bien de la causa católica.

Después de esto, el Abogado Mr. Northcop, que se había interesado en el asunto de Seminario por su amistad con el P. Albert Brown, busco la manera de comunicarse por teléfono con el P. Provincial, al que encontró en la casa de Chimalistac, en México. Cuando lo localizo le dijo: “El Obispo Schuler concede por fin su autorización para que funden el Seminario en la casa McNary”. El P. Provincial, que no entendía bien el inglés, pasó el auricular al P. Raymundo, que sirvió de intérprete. A él le toco oír que Mr. Northcop añadía: “Pero han de saber que la casa subió de precio, ahora cuesta $ 36, 000.00 Dllrs“. El P. Raymundo pasó la información al P. Provincial quien enmudeció de sorpresa. Sencillamente se espantó por el alza del precio.

Mr. Northcop esperaba una respuesta, y al no oírla pregunto: “¿He de decir que Uds. Compran la casa, para que cesen las ofertas? No sea que Uds. se queden sin ella”. El P. Raymundo tradujo esto al P. Provincial, pero este seguía callado. El P. Raymundo lo apremió: “Dígame que debo decir al Abogado”. El P. Soto, confiando solamente en la Providencia de Dios, dijo: “dígale que compramos la casa”.

Poco después Mr. Northcop volvió a comunicarse con el P. Provincial para indicarle que debía presentarse en la ciudad de El Paso en cierto día de septiembre de ese 1935, para firmar el contrato de compra venta de la casa, y entregar el primer abono. Otros tres abonos serían a corto plazo, hasta dar el último en el próximo diciembre. El P. Gabriel M. Soto estuvo a tiempo para llevar a cabo las operaciones indicadas. Al hablar el con el P. Brown de las dificultades que tenía para pagar los otros abonos, el P. Brown le sugirió el recurso a las Provincias Franciscanas de Estados Unidos, pidiendo prestamos sin intereses. A los seis años, poco antes de morir, el P. Soto pudo pagar esa deuda. Los franciscanos de Chicago lo dispensaron del último abono.

Apenas la casa McNary pasó a ser de la Provincia, el P. Buenaventura se traslado de su barraca en Montoya a ella, organizando a los hermanos terciarios de que había en El Paso, para que por turno, después de sus trabajos, se llegasen a arreglarla y disponerla para la fundación del Seminario. Lo primero que se hizo fue sacar la enorme cantidad de tierra, que como polvo, se había acumulado en los pisos en los 9 años de abandono. Personas que se ocuparon en esto decían que se sacaban carretillas llenas de tierra una tras otra.

El P. Nava, por su lado, anduvo en arreglos para que se reanudase el servicio de agua, de energía eléctrica y de gas, cortado desde hacía 9 años. Además, recogiendo aquí y allá donativos, se puso a comprar lo indispensable; camas y colchones, cobijas y ropa de cama, algunas sillas y mesas, piezas de vajilla y utensilios de concina. Las Madres de Loreto obsequiaron algunas camas y colchones usados, lo cual significó una gran aportación. A principios de diciembre la casa estaba ya pobremente dispuesta para acoger a la Comunidad Fundadora. El P. Nava, complacido, decía tiempo después, que había preparado todo lo mejor posible, y que hasta había dejado a los frailes fundadores un carro aun servible y una cabra de ordeña.

Mientras tanto en México el P. Provincial y sus Consejeros, disponían las cosas para el establecimiento del Seminario en El Paso. Para diciembre de ese año 1935 estaba nombrada la primera Comunidad. El P. Buenaventura Tovar era el primer Guardián; El P. Salvador Rubio era profesor, como los dos padres anteriores. Fray Jorge Cacho y Fray Diego Cruz, Hermanos Legos, se iban a hacer cargo de la cocina y sacristía. Los Coristas, todos estudiantes de Filosofía entonces, era Fray Ruben Chávez, Fray Crisóstomo Quiroz, Fray Ambrosio Saavedra, Fray Javier Pérez, Fray Godofredo Méndez y Fray Raúl Vera.

Todo este personal se encontraba ya en El Paso el 27 de diciembre. También estaba presente el P. Provincial, que presenciaría la inauguración del Seminario. Para el aprovisionamiento de la sacristía y capilla, los Padres y Hermanos habían llegado con cálices, ornamentos, lienzos de altar y otros objetos para el desempeño litúrgico. Cosa de notarse: se traía de México una gran pintura de la virgen de Guadalupe, de tamaño natural, que había sido entregada al P. Raymundo García en la Basílica de Guadalupe, para ser venerada en el futuro Seminario. Y cosa también notable, el P. Tovar llegaba de Querétaro con una pequeña obra de la piedad y el Arte, cargada de Historia que era la cajita conteniendo la Virgen de la Concha, esto es, una imagencita de la Virgen de Guadalupe pintada por Juan Correa en el hueco de un aconcha por el año 1690, y llevada al cuello por Fray Francisco Frutos y otros misioneros de la Santa Cruz de Querétaro, en sus recorridos de evangelización.

Ya para entonces se había encargado del papeleo para el reconocimiento del Seminario por el Gobierno de Texas, con sede en la ciudad de Austin, el Sr. Cleofas Calleros, un experto en asuntos de migración, quien tenía encomendado por la Jerarquía Eclesiástica de Estados Unidos, llevar los negocios migratorios de las Comunidades Religiosas y de los Sacerdotes que se establecieran en el País americano. El Sr. Calleros notificó a los Padres fundadores que el Seminario era reconocido por el Gobierno, no como comunidad religiosa, sino como College, esto es, como colegio de estudios superiores, sujeto a ciertos requisitos periódicos, los cuales el mismo Sr. Calleros cumpliría desde su oficina.

Hizo notar también el Sr. Calleros, que para comenzar la existencia legal del Seminario, era necesario realizar un acto, que podía ser religioso, de cuya celebración el mandaría notificación a Austin. Los Sacerdotes de la nueva Comunidad determinaron que el Acto fuera religioso, y del todo privado, dado que esos primeros franciscanos eran desconocidos en la ciudad. De esta manera, el último día del año se estuvo preparando la inauguración.

Así, para la media noche entre el 31 de diciembre de 1935 y el 1 de enero de 1936, estaba reunida la Comunidad fundadora dej Seminario de San Antonio en el salón de fiestas y conciertos de la casa McNary, convertida desde entonces en capilla. Con los frailes fundadores estaba también presente la Virgen de Guadalupe, en la hermosa pintura traída del Tepeyac.

Al ser las doce horas, siendo el comienzo del año 1936, el P. Guardián pronuncio una breve alocución, inspirada por las memorables circunstancias del momento, a lo que siguió el canto del Te Deum, himno de acción de gracias. Se daban gracias a Dios Todopoderoso y providente, por la grandiosa casa que había regalado a la Provincia, para que en un lugar de tranquilidad y de paz, tuviera su Coristado una sede estable. Siguieron a ello otras devotas preces invocando la merced divina. De esta suerte, el Seminario de San Antonio fue legalmente inaugurado, sintiendo desde entonces muy de cerca la asistencia divina, la protección de N.S. de Guadalupe y el favor y ayuda de San Antonio, a cuya intercesión fue encomendado. Así fueron pasando los años, hasta llegar a este 68 Aniversario de su fundación.

De nuestro Seminario, en el transcurso de 68 años, han estado saliendo como frutos de un árbol regado por la divina gracia, los sacerdotes que en su totalidad forman actualmente la Provincia Franciscana de San Pedro y San pablo de Michoacán. Gracias a este Seminario nuestra Provincia ha pasado del siglo XX al siglo XXI, y confiamos en que su existencia vaya prolongándose para la gloria de Dios y la extensión de su Reino en las almas.

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