Estudios en la Orden

Los estudios en la Orden de Hermanos Menores

Para San Francisco, que se presenta a las autoridades de los pueblos como «pequeñuelo y despreciable» (CtaA 1), el «Señor Dios» es el absoluto, «toda nuestra riqueza» (AlD 1. 4). Por eso, su gran preocupación es que «nada impida, nada separe, nada se interponga» (Rnb 23, 10) al primer empeño del hermano menor: «Tener el Espíritu del Señor y su santa operación» (Rb 10, 8), tener «la mente y el corazón vueltos a Dios» (cf. Rnb 22, 19-25).

Frente a «la única cosa necesaria», cualquier otra actividad es secundaria para Francisco. Todo trabajo realizado por los hermanos es bueno si se hace «fiel y devotamente» (Rb 5, 1); pero si se hace «so pretexto de alguna merced», aparta del Señor «la mente y el corazón» (Rnb 22, 25). El Espíritu del Señor y la vida en minoridad (cf. Rnb 7, 2) son, por tanto, los criterios que han de guiar toda clase de actividad de los hermanos menores, incluido el estudio.

En este contexto, en el que Francisco elige tener por encima de todo «el espíritu de la santa oración y devoción» (Rb 5, 2; CtaAnt 2), debe interpretarse la admonición del mismo Francisco: «Y no cuiden los que no saben letras de aprender letras» (Rb 10, 8). El Pobrecillo no condena los estudios ni prohíbe a sus hermanos estudiar (cf. 2 Cel 163), pero quiere que todos los frailes sin distinción puedan «seguir las huellas de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo» (CtaO 51) amando a Dios y adorándolo «con puro corazón y mente pura», pues esto es lo que Dios desea sobre todas las cosas (2CtaF 19).

Francisco, «iletrado y amigo de la verdadera simplicidad» (1 Cel 120b), acoge desde el principio en su Fraternidad, sin distinción alguna, a hombres «iletrados» (Test 19) y a hombres «letrados» (1 Cel 57a). Entre éstos se encuentra fray Antonio, su «obispo», a quien Francisco permite gustoso que enseñe «la sagrada teología a los hermanos» (CtaAnt 2; cf. LM 11, 1).

Con la «bendición» de Francisco, muy pronto empezaron los hermanos a estudiar y a enseñar no sólo en los «Estudios generales de la Orden» sino también en las principales Universidades. De ese modo legitimaron y defendieron la tradición espiritual de la Orden, particularmente la vida apostólica pobre e itinerante, logrando así que los principios espirituales de la tradición franciscana, sobre todo la experiencia evangélica de Francisco, fueran principios teológicos bien fundados y bien propuestos.

Antonio, Buenaventura, Duns Escoto, Rogerio Bacon, Alejandro de Hales, Guillermo de Occam, Bernardino de Siena, Juan de Capistrano, Nicolás de Lira son algunos de los hermanos «letrados» que formaron la escuela de los grandes maestros franciscanos que, uniendo «santidad de vida y ciencia», ofrecieron una gran aportación a la afirmación de Dios en los valores de la vida, del mundo, de la naturaleza y del hombre.

La convivencia entre los «sencillos e iletrados» y los «letrados», entre la «reina sabiduría» y su hermana la «pura santa simplicidad» (SalVir 1), característica de la Fraternidad franciscana desde los orígenes, no ha sido siempre pacífica. En efecto, movidos por la voluntad de ser fieles a la «intentio Francisci», los hermanos interpretaron de maneras diversas y contrarias la exhortación de Francisco a los «nescientes litteras» (Rb 10, 8). Sin embargo, esa «tensión» interpretativa introdujo en el alma franciscana una dialéctica creativa que la impulsaba a la minoridad, a la simplicidad y, al mismo tiempo, a empeñarse en el mundo mediante la preparación científica.

De la  Ratio studiorum OFM.

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